Dune, el poder del desierto
Al final se estrenó la nueva versión cinematográfica de la novela "Dune", escrita por el estadounidense Frank Herbert en los años sesenta del siglo pasado. La adaptación de David Lynch (1984) fue un fracaso de taquilla y de crítica, pero con el tiempo se convirtió en una película de culto para un sector importante de cinéfilos y hoy se puede ver en Netflix. Esta versión del canadiense Denis Villeneuve intenta ser lo más fiel posible a la primera novela, pero también es notorio cómo intenta dejar satisfechos a los admiradores de la extensa saga literaria. Sin embargo, nos concentraremos en el significado del desierto para un católico, como una interpretación de las aventuras del joven protagonista, Paul Atreides (Timotheé Chalamet).
Debido al don de la presciencia que caracteriza al joven Paul, la hermandad de las "brujas" Bene Gesserit expresan a su madre Jessica (Rebecca Ferguson) su preocupación por la poca preparación del muchacho para suceder a su padre, el duque Leto (Oscar Isaac). Sin embargo, dicho cuestionamiento esconde un temor acerca de lo que es capaz de lograr el adolescente y el potencial peligro en el que se puede convertir no sólo en el planeta Arrakis, sino en todo el Imperio Galáctico. Eso se confirmará en las posteriores novelas, pero lo importante es conocer cómo se forja el personaje tras ser traicionado su padre y forzado a exiliarse con su madre al desierto profundo, donde deberán sobrevivir al calor, la sed y a los gigantescos gusanos de arena. Sin embargo, su encuentro con los Fremen, seres humanos nativos de Arrakis, convertirá a Paul en alguien decidido a asumir su destino como líder político y religioso. Y mas aún con la compañía de la fremen Chani (Zendaya), su futura esposa y madre de sus 2 hijos.
De no ser por la especia, Arrakis sería un planeta completamente deshabitado. Este cultivo posee propiedades geriáticas que ayudan a extender la vida humana y a agudizar los sentidos para los viajes espaciales, tan comunes en una época ubicada 8 mil años después del siglo XXI D.C. Pese a que en este universo futurista medieval, con diferentes religiones que se combinan unas con las otras, con las típicas intrigas, secretos, traiciones y enfrentamientos nobiliarios que parecen inspirados en la Guerra de las Dos Rosas (1435-1485) desarrollada en Inglaterra, el ser humano es el mismo en su naturaleza pecadora, por más avances tecnológicos y cambios culturales que cada generación lleve a cabo.
Sin embargo, el joven heredero de la casa Atreides, presionado por el desarrollo de los acontecimientos, debe dejar su "zona de confort" y probarse a sí mismo, dado que el desierto es el lugar donde menos se suele oír la voz de quienes profetizan los dramas que cambiará la historia de las civilizaciones. Esto es una clara referencia al patriarca bíblico Moisés y a los "padres del desierto", como por ejemplo San Juan Bautista, quien preparó el camino para la inminente llegada de Jesucristo al mundo. Eso, trasladado al universo Dune, tiene connotaciones no sólo religiosas (según las creencias de los fremen) sino políticas, dado que los Harkonnen, son quienes buscan eliminarlo por intereses mezquinos y por su ambición de trepar hasta lo más alto en el escalafón imperial. De ahí que Paul Atreides sea visto como una especie de mesías para los habitantes de Dune, pero sin que éste lo sepa aún.
El propio Jesús de Nazareth se retiró al desierto durante 40 días para su preparar su misión redentora a base de ayuno y resistiendo las tentaciones de Satanás. En la ficción, Paul Atreides tiene un futuro prometedor pero necesita interactuar con quienes lo acogen a él y a su madre y prepararse para liderar una "guerra santa" contra las ambiciones del Emperador Padishah y los Harkonnen, partidarios de la crueldad en la explotación del codiciado recurso natural de Arrakis. La influencia bíblica en esta saga literaria es evidente, pero la película llega hasta la mitad del primer libro, lo cual deja las expectativas bien en alto para el estreno de la secuela.
Sin embargo, el desierto no debe tomarse como un simple paisaje o lugar inhóspito para cualquier cultura. Al igual que la profundidad del espacio para un astronauta, el desierto sirve para hacer un viaje dentro de uno mismo, con el fin de escuchar la voz de Dios en el silencio. De ahí lo beneficiosos que son los Ejercicios Espirituales Ignacianos, sin dejar de mencionar a quienes están llamados a una vida de silencio, como los monjes Cartujos, por citar un ejemplo, tal como se les muestra en el documental "El gran silencio" (2005). El desierto impide las distracciones, ruidos innecesarios o ensordecedores, interrupciones molestas o los caprichos materiales a los que solemos acostumbrarnos. Los consecuentes frutos espirituales forjan el alma de quien necesita saber cuál es su misión en el mundo.
En la película, la especia es el único fruto material de un planeta desértico, donde el espíritu es puesto a prueba para conocer el temple de cada persona que intenta integrarse a la cultura y creencias de los nativos que lo habitan. Pese a sus dudas y sueños, Paul Atreides es visto como la esperanza de quienes viven bajo la opresión de quienes administran el planeta hasta ser obscenamente ricos. Por eso, salvando las distancias con el Divino Redentor, el personaje de Paul es alguien llamado a cambiar el curso de la historia dejando su huella para bien. De ahí la fascinación que su figura ejerce sobre los lectores de las novelas. La ecología, la política, las culturas, las ciencias, los credos y otros temas tratados de forma detallada y creativa, son el complemento que convierte a Dune en una obra maestra de la literatura de ciencia ficción.
La película no será perfecta, pero sí emociona para quienes somos fans de las 14 novelas salidas de la cabeza de Frank Herbert y de su hijo Brian y Kevin J. Anderson. Las únicas críticas que le hago al filme es mostrar la típica visión de conquistadores malos y conquistados buenos (algo a lo que no se limitan los libros) y haber convertido al ecologista imperial Liet Kynes en una mujer afroamericana, dado que el director Villeneuve quiere adecuarse a la "cuota progre" que Hollywood obliga a mostrar en sus producciones para que tengan difusión. Esperemos que surja un "Paul Atreides director-productor" que traiga verdadera libertad de expresión en La Meca del cine, porque de lo contrario, la industria perderá su atractivo por más fuegos artificiales que exhiba en sus producciones.
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