Progresismo a juicio
Se anunciaron las nominaciones para los premios de la Academia de Hollywood 2021 y hay que reconocer que este es un nuevo año de producciones independientes y de habla no inglesa. “Minari”, “Nomadland”, “Mank” y “El juicio de los 7 Chicago” son algunos ejemplos de ello, especialmente por la cada vez mayor presencia del streaming en el consumo de películas. La última cinta de las mencionadas tiene un interés particular por motivos que van de lo político a lo judicial, de la libertad a la dictadura, del progresismo al conservadurismo, etc.
El dramaturgo y guionista Aaron Sorkin, quien debutó con la
notable “Cuestión de honor” (1992) y se llevó los principales reconocimientos
de la industria cinematográfica con “Red social” (2010), presentó su opera
prima como director con “Molly’s game” (2017). Con la historia verídica de una
organizadora de partidas de póker llamó la atención por la densidad de sus
diálogos y sus personajes llenos de ambición, frustración, materialismo e
insatisfacción. Eso mostró al guionista Sorkin como un potencial director de
interés para el mediano plazo, lo cual se muestra ahora con “El juicio de los 7
de Chicago”.
La película tiene la evidente intención de mostrar como heroicos
luchadores sociales a los siete miembros de diferentes grupos que protestaban pacíficamente
contra la guerra de Vietnam (1955-1975) y que fueron llevados a juicio por la
risible acusación de ser conspiradores contra los intereses de Estados Unidos.
Cada acusado representaba a diferentes colectivos y fueron arrestados por sus exhortaciones
públicas, actos de resistencia como quema de levas para ir a Vietnam, pasividad
o intento de escape en medio de las protestas cuando son sofocadas por la policía
o simplemente por su vestimenta rebelde propia de la era hippie.
Hay que tener en cuenta que la rebeldía juvenil propia de
esa época se fue gestando desde los años 50 debido al rechazo generalizado de
los hijos a vivir siguiendo el sistema de costumbres y creencias de sus padres
y que terminó marcando a toda una generación tras el fin de la Segunda Guerra
Mundial y el asesinato del presidente Kennedy en 1963. La intervención
norteamericana en Vietnam fue el motivo ideal para que los sueños de la nueva
generación de jóvenes rechazaran las reglas de la “sociedad burguesa”
refugiándose en el consumo de drogas, música rock, promiscuidad sexual y
pacifismo a la medida.
A consecuencia de ello, la participación juvenil en la
política aumentó considerablemente y varios líderes sociales hoy se integraron
al sistema político y legal estadounidense, como también lo hicieron los entonces
manifestantes durante el mayo del 68 francés. Eso demuestra, una vez más, el
dicho de que “a los 20 eres pirómano y a los 40 bombero”. Los años 60 fueron
una época de grandes cambios para el mundo y el juicio que recrea la película
fue emblemático, debido a su trasfondo político. Afortunadamente no acabó de
forma lamentable como el caso de los anarquistas Sacco y Vanzetti, ejecutados
por sus ideas y no por sus acciones delictivas jamás demostradas durante “los
locos años veinte”.
La película intenta abarcar todo eso a través de la visión
de varios de sus personajes como el fiscal adjunto, el sesgado juez, los
Panteras Negras, el abogado defensor (convincente Mark Rylance) y la policía. A
diferencia de “JFK” de Oliver Stone, donde también se muestra un juicio con
trasfondo político, el Aaron Sorkin director apela a un estilo clásico de
filmación con una fotografía oscura que resalta el ambiente opresivo, casi
policiaco, del juicio y el origen de las detenciones, algunas de ellas,
llevadas a cabo con brutalidad, lo que nos lleva a recordar las protestas del
año pasado de Black Lives Matter contra la detención y muerte de George Floyd.
Sin embargo, el interesante arranque se ve lastrado por una
pérdida de fuelle durante el desarrollo de la trama causado por las casi
incesantes escenas de diálogos y discusiones, especialmente las de los acusados,
las cuales, por momentos, se tornan densas y farragosas, descuidando el
potencial de ciertos personajes que pudieron dar nervio a la narrativa, como Bobby
Seale, interpretado por Yahya Abdul-Mateen II o el del ex fiscal general de USA
(Michael Keaton). Debido a ello, el filme, pese a su premisa, no llega a ser
cautivante o intenso como otros dramas judiciales.
Pese a ello, la película no defrauda y consigue reflejar el
deseo de cambio de parte de una sociedad que abrazó el ideario progresista,
cuyos frutos, cincuenta años después se pueden palpar, aunque no necesariamente
sean correctos en su totalidad en el plano moral. Hoy Estados Unidos se
enfrenta al dilema Progresismo globalista vs. Nacionalismo patriótico. La nueva
presidencia del demócrata Joe Biden no garantiza que dicho conflicto cese, pues
no toda propuesta de cambio social genera frutos de paz y estabilidad a largo
plazo. No hay que olvidar que la identidad cultural y la tradición espiritual de
cada país debe preservarse de cualquier intento de borrarla en nombre de la
modernidad.

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